La crisis llena las playas de personas que se las ingenian para sobrevivir

Juny 28, 2009

Luís Benevenuty (La Vanguardia)

El sudafricano de 33 años Mduduzi espera sin convencimiento encontrar un empleo antes de que el frío regrese a Barcelona. Entre tanto, pasa el día haciendo esculturas de arena en la playa de Sant Sebastià a cambio de la voluntad. Con el sol llegan a los arenales de la ciudad docenas de buscavidas con objetivos dispares. Muchos ya vendían latas en la Rambla. Pero no son pocos los arrastrados por la crisis. Aunque Barcelona prohíbe toda mendicidad y venta ambulante, los agentes vigilan sobre todo la repercusión sobre el orden público. No es igual moldear la arena que vender cerveza. Las dificultades multiplican este año la presencia de tatuadores de henna, artesanos del collar y una suerte de aventureros trotamundos que vistos en la tesitura tampoco echan de menos en demasía las nóminas puntuales y los domicilios fijos.

“Yo trabajaba ayudando a un amigo a pintar casas –relata Mduduzi–. Así pude mudarme de una casa okupada cerca de la Rambla a una habitación en elbarrio del Clot. Pero el trabajo fue escaseando, y medio año atrás mi amigo dejó de necesitar mi ayuda. Ahora llevo cuatro meses en la playa. Con las esculturas me saco 20 o 30 euros al día. Por aquí ronda buena gente. A veces pedimos pescado en el puerto y lo freímos. Lo único que me preocupa es el frío. Pero no pienso ni regresar a mi país ni volver a embarcarme”. Un pakistaní de 20 años que dice haberse rebautizado como Xavi asegura que él tampoco está dispuesto a regresar a su país: “Demasiada violencia. Por eso hace dos años y medio me fui a vivir a Grecia”.

Mduduzi trabajaba en un gran pesquero. Las travesías por el Atlántico duraban meses. Entre ellas vivió en Brasil, Argentina, Perú… “Pero en ese trabajo pasas mucho tiempo encerrado en un espacio muy reducido con muchas personas muy diferentes: chinos, filipinos, pakistaníes… Siempre surgían problemas. En el 2007 atracamos en Barcelona y la ciudad me encantó. Me di cuenta de que estaba harto del barco y lo dejé zarpar. Aquí hay muchos rateros, especialmente en verano, pero nadie te apuñala para quitarte los zapatos. La gente de Barcelona es encantadora. Y mientras no haga fuego y tenga mis alrededores sin basuras, la policía está contenta”. “Ya vendí tatuajes de henna en la playa el otro verano, cuando me vine de Grecia porque me aburría”, retoma el pakistaní que asegura llamarse Xavi. “Pensé que este año no tendría que volver porque a veces conseguía trabajo de albañil en la puerta de una tienda de ladrillos de Sants”. Añade que no importaba que no tuviera papeles. “Pero ahora va tanta gente que no me cogen nunca porque estoy muy delgado. Estos días hay más competencia en las playas que el verano pasado. Algunos días no gano dinero. Pero me encanta Barcelona. La gente es maravillosa. Y la policía te quita los tatuajes y el dinero, pero te respeta y no te pega. No me marcharé. Ahora me llamo Xavi. Seguro que en un par de años consigo los papeles y encuentro un trabajo”, termina con el entusiasmo que regalan sus 20 años.

La italiana Vanessa Masieri tiene 28. Dice que pasará el invierno en Sudamérica, que al otro lado no hace frío. “Y con lo poco que ahorre aquí, viviré bien”. Mientras vende collares y pulseras por la playa de la Barceloneta, relata que aprendió artesanía en un viaje a India. “Antes hacía los abalorios para mí misma, pero ahora hay poco trabajo y mal pagado. No dejaré que me esclavicen de nuevo. No puedo poner más copas”. Agrega con un mal gesto que ya sirvió demasiadas mesas mientras estudiaba Bellas Artes en Londres. “Me di cuenta el día en que la Guardia Urbana me multó y confiscó todo el género en el Park Güell. Perdí meses de trabajo. Pensé en buscarme otra cosa, pero me dije que seguiría con lo mío. La policía este verano es muy estricta. Aun así, gano 50 euros diarios. Vivo en una casa okupada en Sant Boi. No está en condiciones para pasar el invierno, pero entonces espero estar camino de…”.

“Es que esta vida engancha y atrapa –tercia el checo de 46 años Eugen Barczi–. Yo también empecé así y ya llevo 20 años persiguiendo el sol”. Dice que estudió Periodismo en Praga, pero que ganaba más como pizzero en Italia que escribiendo crónicas en su país. “Pasé muchos años en la hostelería y recogiendo frutas…, pero era muy duro”. Hace cinco años descubrió que podía ganarse la vida haciendo esculturas de arena en las playas españolas. “Muchos ayuntamientos te pagan por ello. Barcelona no, pero su policía no molesta. Lo malo es que ahora los tractores de limpieza me destrozan las esculturas. Con lo que me da la gente, gano unos 30 euros diarios. No tengo casa. No he de pagar luz, agua, gas, hipoteca… Tengo una amiga pintora holandesa y a veces duermo en una cama”.

Eugen lleva medio año aquí. “Nunca había visto una ciudad igual… adoro a Gaudí. Hay muchos rateros, sobre todo en verano en la playa, pero a mí poco pueden quitarme”. Mduduzi lamenta el robo de su móvil, pero no mucho. No tiene donde enchufar el cargador. Preguntado por sus planes de futuro, Eugen di- ce que estará en Barcelona hasta que llegue el invierno. “Entonces me marcharé a Almería o Málaga. Allí puedes vivir en la playa en pleno invierno… Pero mi objetivo es vivir en el Himalaya antes de cumplir los 50 años. Allí se puede aprender sobre la paz. En la vida no hacen falta tantas cosas”.

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