Protagonistas de los años setenta exigen a las administraciones que la Rambla vuelva a ser un punto de encuentro ciudadano

Juny 7, 2009

“No es agradable ir esquivando turistas despistados a punto de sacarte un ojo”, dice el dibujante Nazario, vecino de la plaza Reial | “En un solo mes me han atracado más veces que en cuarenta años” | “Los que opinan en las esquinas deberían pasar una noche en el calabozo”

Luis Benvenuty (La Vanguardia)

La Rambla, con todas sus contradicciones y enfermedades crónicas, fue en los setenta un hervidero de ideas, uno de los exponentes de la inflexión histórica que atravesaba España, un cruce de caminos de artistas, intelectuales, políticos… En el paseo barcelonés confluyeron la transición democrática, las noches más elegantes del Liceu, el arte, la ingenuidad y, más tarde, el sida, la heroína, la masificación turística. Ahora los recuerdos y las leyendas se mezclan en las mentes de algunos de los protagonistas de aquellos turbulentos años. No creen que pueda revivirse el pasado, ni siquiera lo ven conveniente, pero piden a las instituciones que la Rambla vuelva a ser un punto de encuentro ciudadano.

A Madame Arthur tampoco le gustaría

Si levantara la cabeza, a Madame Arthur no le gustaría el espectáculo que hoy ofrece la que fue su Rambla. “Se ha confundido la libertad con libertinaje. Esos homosexuales que hay en la Rambla, metidos en coches, son un escándalo. Muchos roban a sus clientes, y aún hay gente que se vuelve loca por ellos”, declaró en 1983, siete años antes de su muerte, al diario El País.Madame Arthur nació en Salamanca en los años treinta. Pionero del transformismo en Barcelona y en España – en la España de la dictadura-,animal del escenario, Modesto Mangas Mateo, el mismo que aparece con fular en la instantánea recaudando fondos en la Rambla a mediados de los ochenta para la lucha contra el cáncer, fue una de esas personas que antaño hicieron del paseo más bonito del mundo un lugar muy diferente. Sobre las tablas del Barcelona de Noche, dejó sin palabras a Federico Fellini. Franco le concedió la Medalla del Mérito del Trabajo, y también le metió dos o tres meses en la cárcel por escándalo público.

El agitador cultural Joan Estrada recuerda cómo con la llegada de la democracia Madame Arthur gozó de una segunda juventud en los escenarios barceloneses.

Esta estrella del cabaret profundamente religiosa y defensora de los derechos de los homosexuales no fue el único personaje de la Barcelona canalla que sedujo a la bohemia de la Rambla.
María, la prostituta otrora habitual de los aledaños del emblemático drugstore del Liceu, para muchos la sucesora en los años setenta de la Moños, fue también fuente de inspiración de artistas como Nazario y el mítico pintor Ocaña. Muchos aún se preguntan de dónde sacaba María aquellos espectaculares trajes. El director de cine Ventura Pons también la inmortalizó en su documental Ocaña, retrat intermitent.La leyenda urbana dice que María perdió la razón por culpa de los militares norteamericanos que llegaban al puerto de la ciudad.

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A las instituciones y a la gente, porque los políticos no son los únicos responsables de la degradación de la tarjeta de presentación más conocida de Catalunya.

Ya hace tiempo que el dibujante Nazario, vecino de la plaza Reial, renunció a pasear por la Rambla. “No es agradable – refunfuña-esquivar turistas despistados a punto de sacarte un ojo, becarios con su guía de bares de plástico de moda, borrachos de despedida de soltero, prostitutas que se acuestan contigo o te roban la cartera.

No me interesan. Se están quedando hasta con la Boqueria. El Ayuntamiento no piensa en los vecinos, sino en hacer de Barcelona un Port Aventura para turistas. Nunca he estado allí, pero seguro que se parece a Barcelona”. Nazario dejó Sevilla en 1972. Vivió en la calle Comerç, en una comuna de fotógrafos y dibujantes. En la Rambla vendió sus primeras obras.

“Sacabas para comer y los bares te invitaban a copas. Barcelona estaba llena de locales de homosexuales. El clima de libertad sólo era comparable al de París. No vine tras la Barcelona canalla, Genet tampoco, pero los dos la encontramos. La Rambla era cada tarde un punto de encuentro. La gente de la parte alta bajaba a mirar a los artistas. Te encontrabas con Ocaña, Ventura Pons, Quim Monzó… Intercambiábamos ideas, surgían proyectos y colaboraciones, ganas de hacer cosas. La gauche divine de dinero iba a Bocaccio, y nosotros al Jazz Colom o a dar vueltas Rambla arriba y abajo. La gente se miraba a los ojos, y si uno te gustaba…”.

En 1978, el agitador cultural Joan Estrada, hoy uno de los responsables de la dirección artística de la sala Muntaner, fundó en el teatro Principal el espacio artístico Cúpula Venus, donde hasta 1983 despuntaron Loles León, El Brujo, ÁngelPavlosky, Pepe Rubianes… “La primera estatua fue un transexual andaluz, Barbarita, que iba de monja – dice Estrada-.Fueron los mejores años de la Rambla. Añoro su creatividad y frescura. Hasta Jiménez Losantos iba a al Café de la Ópera. Pero de repente irrumpió el caballo”. Y con la heroína, una delincuencia desquiciada de dedos temblorosos y, al poco, el sida. La realidad dio una bofetada a la ingenuidad. Muchos amigos murieron.

“Ya no hacía gracia hablar con los delincuentes – cuenta el guionista y escritor Xesc Barceló-.Nos hicimos mayores, nos profesionalizamos, tuvimos hijos y nos alejamos del chino. Dejamos de lanzar calderilla a los pies de la gente que salía del Liceu”. “Y vinieron los Juegos Olímpicos – tercia José Ángelde la Villa, propietario desde 1980 del bar Pastis de la calle Santa Madrona-.No empezaron en el 92, sino a mediados de los ochenta con un montón de obras. Yo apoyé la candidatura de París”. Dicen que el Pastis es patrimonio de Barcelona, al menos su retrete, porque fue muy empleado por Maurice Chevalier durante sus visitas a la ciudad.

“Quitaron los prostíbulos y condenaron a las meretrices a la calle – prosigue De la Villa-.Vendieron Barcelona por el mundo. Los turistas amables con dinero y un diccionario, los que querían comprender Catalunya, dieron paso a millones de borrachos. Los pisos se hicieron aparthoteles, la gente del barrio se marchó, rusos y pakistaníes compraron los locales para vender camisetas groseras y paellas precocinadas. Todo se despersonalizó y homegeneizó. En un mes me han atracado más veces que en cuarenta años”. Su irónico consuelo es que hoy priman en la Rambla los colores negro y rojo, “los de mi bandera”, los de la piel de las prostitutas y las latas de cerveza.

“Hay que hacer cumplir las ordenanzas contra la prostitución y la venta de alcohol en la calle, aunque haga falta llenarlo todo de policías y extraditar ilegales. No se puede tolerar tanta permisividad”. Estrada vive a pocos metros del Pastis y también le molestan los lateros y las despedidas de soltero. “Pero – dice-la solución no es sólo policial. La Rambla es mucho más segura que hace treinta años, pero la globalización la ha masificado. No es un fenómeno exclusivo de Barcelona. Si reabrimos el Principal, las prostitutas dejarán sus porches. Si ofrecemos arte, no vendrán tantas despedidas de soltero y no habrá tanta prostitución”.

En Nou de la Rambla, en el London, bar fundado en 1910, otrora cruce de caminos de músicos, hippies y policías, Elionor Beltran recuerda cómo los activistas políticos abandonaban sus pasquines cuando atisbaban a los agentes. “Me daban unos sustos tremendos. Sentías que formabas parte de algo. Ahora hay más luz, pero no alumbra nada. Tendríamos que vigilar quién se queda con los locales de la Rambla. Hemos dejado que se pierdan los comercios tradicionales yque nuestro paseo sea de una gente que sólo lo quiere para hacer dinero”.

La escritora y periodista Assumpta Roura se mudó a la Rambla en 1995. “Aún estaba de moda entre el artisteo, pero lo de los setenta ya era sólo leyenda. Sólo quedaba autocomplacencia. Barcelona, sus políticos y su sociedad civil, se adoraba a sí misma, se vendía al mundo entero”. En la finca vivía una transexual de Almería que hacía de estatua de doña Inés. “No sé si se llamaba Barbarita”. Regresó a Andalucía. Todos los que tenían contratos de renta antigua se marcharon. “Los pisos se llenaron de pakistaníes hacinados que trabajaban en los nuevos negocios de los alrededores. Empresarios catalanes intentaron comprar locales y hacer de la Rambla una prolongación del paseo de Gràcia, pero siempre aparecía un ruso o un pakistaní que ofrecía el doble y montaba un establecimiento de plástico”.

Alguna oferta le han hecho a la esposa de José Luis Maruenda por el traspaso de la coctelería Boadas, en la calle Tallers desde 1933. “La Rambla estaba llena de establecimientos con personalidad, incluso los de comida barata, pero los hijos no quisieron seguir con los negocios y los vendieron. Pero no todo en la vida es dinero. Si queremos a la ciudad debemos pensar qué herencia le dejamos. Sin el Boadas no habría conocido a Somerset Maugham, quien acuñó lo de que la Rambla es el paseo más bonito del mundo. Ni a Vázquez Montalbán, ni a Sagarra, ni a tantos escritores…”.

Maruenda se niega a servir sangría, a pesar de la creciente demanda. “Hay que disfrutar con lo que se hace”. Por ello prohibió la entrada a los hombres con pantalón corto y camisetas sin mangas. “El Ayuntamiento me dijo que tenía que quitar el cartel porque era discriminatorio; mientras, la gente hace lo que le da la gana en la Rambla. Barcelona es un circo para los turistas. Los que orinan en las esquinas deberían pasar una noche en el calabozo. Yo tengo esperanza en recuperar esto, quiero abrir un museo escuela de cóctel. Tengo un local visto y el Museo del Cóctel de Nueva York está dispuesto a asesorarme, también tengo contactos en el Museo de las Bebidas de Amsterdam, pero la calle Sitges es muy estrecha y hay problemas para hacer las obras porque…”. Maruenda ya tiene 75 años.

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