Los nuevos ‘sin techo’ buscan la seguridad del barrio de Sarrià

Febrer 23, 2009

Un moderno perfil de indigente aparece en Barcelona y se refugia en la parte alta de la ciudad
La crisis empuja a vivir en la calle a personas que hasta hace poco no formaban parte de grupos de riesgo
Los que menos tiempo llevan en la miseria aún confían en encontrar trabajo

(La Vanguardia)

La calle es dura, fría, independientemente de la estación del año en la que nos encontremos. Sucia, peligrosa. Quien cae en ella puede quedar atrapado para siempre. Y es más fácil caer de lo que la mayoría de la gente cree. Lo sabe el canario Alejandro, de 37 años; con un móvil conectado a internet colgado al cuello a la espera de que alguno del centenar de currículos que tiene en la red le ayude a dejar de ser el marginado en el que se está convirtiendo. O el temporero Gregori, un ruso de 48 años que ya no recoge las manzanas de Lleida. Ya saben qué es estar en la calle, aunque llevan menos de un año.

Saben cuál es el mejor cajero para dormir, en el que los guardias de seguridad nunca te obligan de madrugada a que lo abandones. Saben lo peligroso que puede ser dormir en el centro de Barcelona, en Montjuïc,en el parque de la Espanya Industrial, y huyen de ese mundo marginal, aunque ya sean vistos como marginados. Se refugian en los barrios altos de la ciudad. Son más seguros. Alejandro o Gregori ya son mendigos, pero son mendigos con miedo a la calle.

“Me instalé aquí porque el centro me da miedo – dice Alejandro junto a la iglesia de Sarrià-.En el Raval hay demasiados locos y borrachos viviendo en las calles. En Ciutat Vella puede pasarte cualquier cosa. En Sarrià, en cambio, uno se siente mucho más seguro. Además, este es uno de los pocos sitios de la ciudad donde los vecinos no se meten con nosotros. Amí no me gustan los albergues porque allí te tratan como a un desquiciado. Y yo no estoy loco, yo no soy un alcohólico… aún”, sonríe amargamente el canario.

Alejandro trabajó vendiendo enciclopedias y libros de texto en una empresa dirigida por su padre. Aquello acabó mal, como su relación con una mujer tras cerca de diez años. Su vida comenzó a disiparse.

Se empleó por temporadas durante varios años en Baqueira Beret y Eivissa y fue bajando escalones lentamente… Conoció al ruso Gregori – más conocido entre los desheredados de Sarrià como

Gregorio-recogiendo fruta en Lleida. Vinieron a Barcelona a por un trabajo que no existía.

Los sin techo con mayor antigüedad aseguran que cada vez hay más nuevos mendigos… “La crisis”, farfullan… En el submundo de la ciudad de Barcelona se conocen muy bien.

“Acabar en la calle es mucho más fácil de lo que la gente se cree”, dice tras sus opiáceas pupilas del tamaño de la cabeza de un alfiler Josep Lluís, el mendigo que suele recorrer la calle Major de Sarrià calzado con unas deportivas de la exclusiva Dolce & Gabbana encontradas hace un tiempo en un contenedor. Es uno de los veteranos, aunque apenas supera los 40.

“Por aquí está también Antonio, el economista, tiene más de sesenta años. Era ejecutivo y tiene una cabeza para los números impresionante… Pero le iban mucho el despilfarro y las grandes juergas con muchas mujeres… Y luego están los nuevos, los jóvenes… Cada vez son más”.

Josep Lluís recuerda con nitidez aquel programa de televisión sobre la gente que vive en la calle que vio en los años noventa. Entonces, no imaginó que pronto acabaría de esa guisa, hediendo a dos metros de distancia, con las barbas enmarañadas por restos de comida y bebida, durmiendo una noche tras otra, un año tras otro hasta contar cuatro, en el viejo depósito de agua de una fábrica abandonada, bajo un toldo de plástico, en la montaña, a tiro de piedra del centro de Sarrià.

“Hay españoles y mucha gente de la Europa del este. Hay un gallego de 21 años que trabajaba en la construcción, se quedó sin trabajo y no tiene familia. ¡Hay hasta un maestro soldador!”, continúa Josep Lluís. No quiere que le reconozcan. Tiene familia en la zona. No hace mucho era pastelero. Siente vergüenza de sí mismo, de la situación en la que vive. Hay una parte de su historia que prefiere ocultar.

El indigente de las zapatillas de Dolce & Gabbana explica que los últimos en llegar al arroyo, como los veteranos todavía cuerdos, prefieren evitar la montaña de Montjuïco el centro de Barcelona. Ese es territorio de los que ya han dado por perdido regresar a una vida normal y ya no pueden vivir sin desayunar vino. Aquellos a los que ya no les molesta el olor de sus propios orines, los que admiten que han sido derrotados para siempre. Ellos también son más.

“Fui el otro día a una entrevista de trabajo para un puesto de vigilante jurado – retoma Alejandro-,y pasé el test psicológico y el psicotécnico, porque aún tengo la cabeza en su sitio, pero luego me preguntaron por mi dirección y no pude contestar. Me dijeron que no había ninguna plaza libre. Como no me puedo empadronar, ni siquiera tengo tarjeta sanitaria”, dice. Y suspira: “A veces veo a los viejos que empujan un carrito de supermercado lleno de porquerías desde hace décadas y siento que se me va a ir la cabeza, que voy a acabar igual. Entonces me marcho a un parque del Tibidabo y me siento solo unas cuantas horas, para centrarme. Estoy lleno de impotencia”.

Gregori masculla que durante quince años trabajó como temporero, viviendo por toda España en cortijos y barracones, pasando algunos días, entre faena y faena, en alguna mala pensión, refugiándose de tanto en tanto bajo un puente, alguna noche ocasional, luego dos, después todas. “Llevo 15 años trabajando en España. ¿Dónde está mi vida laboral? Ahora no tengo derecho a nada. Maldita crisis”.

La indigencia no llega de la noche a la mañana, no hay un antes y un después, es un lento camino de degradación. Gregori viste una americana de cuero que poco le refugia del frío, pero que, como él mismo reconoce, le queda muy bien.

Alejandro y Gregori se estrenaron como sin techo en Barcelona en los alrededores de la plaza Catalunya, donde cada vez se amontonan más desheredados entre cartones sucios y tetrabriks de vino de menos de un euro el litro; en el entorno del Macba, donde duermen los mendigos cuya piel apenas se distingue bajo la mugre, muchos de los que ya han renunciado a las duchas de albergues. A una segunda. A una tercera. A una cuarta oportunidad.

Alejandro y Gregori se refugian con otros inmigrantes caídos en desgracia en Sarrià, en un almacén abandonado de un metro de ancho por diez de largo. “Dentro pasas tanto frío como fuera, no tenemos ni luz, ni retrete, procuramos hacer nuestras necesidades fuera de casa. Al menos estamos unos cuantos juntos y no pasas tanto miedo – sigue Alejandro-.Esperamos que no nos echen de allí antes de que comience la temporada de la fruta, a ver si nos sale un trabajo. Gregori es una bestia trabajando, trabaja por cinco, se pone a construir muros y…”.

“No mees ahí, hombre”, recrimina Josep Lluís a otro mendigo que dormía en un cajero próximo y llena de orines un portal. “Ese que ves era profesor de música. Tocaba la guitarra muy bien. Pero el alcohol le ha comido los huesos… Acabar en la calle es fácil; salir de ella, no”.

Sube la solicitud de beneficencia
Los efectos de la crisis se empiezan a notar en la demanda de servicios sociales, pero no especialmente en las cifras oficiales de gente sin techo. Para quedarse en la calle, la situación económica de una persona es importante, pero muy a menudo el factor determinante es otro: una ruptura familiar, una dependencia del alcohol u otras drogas o una enfermedad mental. La gran mayoría de los usuarios de los servicios sociales ya recurría a ellos en épocas de bonanza. Pero si hace un año cada mes se acercaban 770 personas a los centros sociales, ahora lo hacen ya más de 900.

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