Vacaciones en el metro

Agost 19, 2008

Martí Raval (El Mundo)

¿EN EL METRO DE BARCELONA?.- Quiero unas vacaciones. He rogado por ellas, pero la impasibilidad de mis jefes no parece tener límites. Gracias a Dios, en esta ciudad queda gente con corazón que las regala, y lo hace sin necesidad de que se lo pidas. Los párrafos que ahora se encadenan sólo buscan el agradecimiento a los gentiles señores de TMB. Gracias, gracias de veras, por hacer de cada viaje una estancia inesperada.

Y es que digo yo ¿Quién será la cabeza pensante que diseña las gincanas veraniegas en el suburbano barcelonés? Tengo la sospecha –no confirmada, lo confieso– de que ese genio de los paquetes vacacionales en transporte público fue fichado del ‘Show de Truman’ . Ya saben, un experto en hacer y deshacer sin que la víctima se percate, en provocar giros de guión inesperados, con pequeños retoques en el devenir. Sea como fuere ya me ha agasajado con varios ‘tours’ difíciles de olvidar. Les cuento uno.

Llego blasfemando al metro, después de reptar por las tres calles –a cuál más empinada- que separan mi casa de la estación de Valldaura. Línea 3, la buena, la rápida, la limpia. Mi destino: Passeig de Gràcia. De verdad que yo sólo aspiraba a llegar en 20 minutos al trabajo recuperando el aliento en los vagones refrigerados y deleitándome con el amigo Andrelo y su ‘Honestidad Brutal’. Pero… mira que soy conformista, me lo reprocha todo el mundo –menos mi madre, que me aplaude por serlo- Para qué conformarte con media hora de placer bajo tierra si puedes disfrutar de una, alternando luz y sombra, superficie y catacumbas.

Cada detalle está pensado, desde el minuto uno. Ya en el andén un animador –deduzco que lo es- me enseña su habilidad para hacer más llevadera la espera. El monstruo es capaz de escupir desde el asiento a la vía sorteando tres metros de baldosas y dos guiris. Casi aplaudo, pero me reservo. Algo me hace intuir que voy a divertirme.

Siete minutos más tarde (el juego este de ver como la cuentas atrás del reloj vuelven a ponerse a 40 segundos cuando van a llegar a 0 también es muy divertido) me enfundo en el vagón. Calamaro celebra el aire acondicionado regalándome un sentido ‘Clonazepan y Circo’ y yo sonrío, sonrío sin parar.

Próxima estación Valldaura. Próxima y última, me advierten desde el altavoz. “Por obras de mejora, este tren acaba su recorrido en esta estación, un servicio especial de autobuses conecta las estaciones de Vall d’Hebron y Diagonal” Todos fuera, a respirar el aire puro del lateral de la Ronda de Dalt y salir corriendo detrás de un autobús que se va delante de nuestras narices. Tranquilos ahora viene otro, nos advierte un informador con gentil sonrisa, pese a los 30º de castigo (lo que yo les diga ‘El Show de Truman’)

Llega el autobús, empieza lo bueno. El conductor es un robot, no tiene sangre en las venas. Lo predigo al entrar, lo constato en breves instantes. “Aquí no hace falta que pique señora” explica. Este advertimiento se repetirá más de veinte veces en un trayecto de media hora sin decir una palabra más alta que otra.

Y ahí nos vamos. Ruta turística por la superficie de la Línea 3. Qué detalle el de los amigos de TMB: el bus hace las mismas paradas que haría el metro. El vueltón es impresionante, claro; el disfrute proporcional. Qué detalle, de verdad.

Detrás mío dos mujeres con los ojos inyectados en sangre protestan porque no llegan a trabajar, más atrás aún un niño con aspecto de no haber visto una pelota en su vida pregunta insistentemente por qué estamos yendo en autobús y no en metro y, más atrás todavía, los únicos dos felices del autobús junto a mí recuerdan un pedazo de viaje parecido a este que hicieron en Cercanías, por un socavón o algo así, creo entender.

Llevamos más de media hora disfrutando del paraje -las obras de la plaza Lesseps ha sido mi parada favorita- cuando una señora -que creo que se hace la despistada- dice, pero este no es el 73… Un ‘NO’ digno de la coral de Montserrat retumba en el autobús. Qué suerte, pienso yo. Sin comerlo ni beberlo va a poder disfrutar del viaje de vuelta.

Y ahí que se me saltan las lágrimas cuando veo la parada de Diagonal. Se acaba el viaje. ¿O no? Pues claro que no, aún me queda volver a bajar al metro, esperar otros diez minutos y gozar del último tramo hasta Passeig de Gràcia. Llego media hora tarde a la oficina, sudando y con la cara más roja que un bogavante. Me esperan ocho horitas de curro. Pero… y el viajazo que me he pegao por la cara. Gracias señores de TMB, gracias, de veras.

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