Aferrados a la Barceloneta

gener 5, 2008

• Esta Navidad, los vecinos más viejos, pobres y castizos de la Barceloneta la han pasado entre el turrón y la angustia. El peculiar barrio de pescadores de Barcelona, antes depauperado y casi marginal, ha pasado a ser muy codiciado por su cercanía al mar.

05/01/08
Los agujeros y las humedades hacen aún más frío el edificio en el que vive Anita Huguet, de 78 años. Es un caserón centenario de la Barceloneta, que en su día fue barrio proletario y que hoy es muy suculento para el nuevo urbanismo de Barcelona. Apenas resiste en pie la casona, pero tiene una ventaja: mira al mar. Hija de pescadores, Anita ha vivido siempre cerca del Mediterráneo. Su marido sólo le saca un año, pero está postrado en una cama. Pagan 88 euros cada cuatro meses por un piso de 30 metros cuadrados. Es un alquiler de renta antigua: tienen derecho a vivir ahí toda su vida. De hecho, Anita y el marido son los únicos vecinos que resisten en el edificio. “El dueño no puede echarnos legalmente, así que simplemente espera a que las paredes del edificio se caigan, aunque sea con nosotros dentro”, dice Anita. La expresión mobbing inmobiliario no está en el léxico coloquial de la zona, pero sí la palabra resignación: Anita Huguet tiene avisados a los vecinos por si, llegado el derrumbe, no pudiera contarlo.

Lo peor para Anita no es la ruleta rusa a la que se ve obligada a jugar, sino las condiciones de vida: “No tenemos agua caliente para lavarnos. A mi marido le caliento el agua y lo lavo con una esponja porque no tenemos ni ducha. Y la luz da chispazos. Hace poco vinieron de la compañía y nos dijeron que había que cambiar toda la instalación porque está ya muy mal, pero el propietario no se encarga de nada. Así no podemos vivir, sólo quieren que nos vayamos”. La anciana sube encorvada las escaleras que conducen al terrat. Los peldaños desgastados y la oscuridad hacen difícil llegar a la azotea, pero la vista del mar rebela una vez arriba el potencial de este emplazamiento. A menos de 50 metros, el Mediterráneo, que antaño dio de comer a su familia y que hoy es testigo mudo de su situación.

La marca Barceloneta se está poniendo de moda. Cada vez son más los turistas dispuestos a pagar altos precios por alojarse en el peculiar barrio pescador de Barcelona. Más de 1.600 familias pueden verse expulsadas de sus casas por la especulación y por un plan de modernización del barrio ante el que los ancianos son los más indefensos.

El Plan General Municipal de Barcelona pretende modernizar la Barceloneta colocando, por ejemplo, ascensores a costa de que desaparezcan viejos cuartos de casa, el modelo urbanístico del barrio, viviendas de 32 metros cuadrados de más de 200 años de antigüedad. El metro cuadrado–según la Cámara de la Propiedad Urbana de Barcelona– se cotiza ya a precio de oro, por encima de lugares de nombres más pomposos, como Pedralbes o Sarriá.

Agustí Pla desciende a duras penas la escalera del edificio donde ha vivido toda su vida. A pesar de la oscuridad de la destartalada portería, su rostro deja entrever una sonrisa, muestra inequívoca del carácter de la gente del barrio. Agustí vive en el cuarto piso de una típica calle de la Barceloneta. Ninguno de sus dos hijos, Margarita, de 56 años, y Carlos, de 52, trabaja. Sus ingresos son las ayudas que reciben por discapacidad. “Llevamos más de 50 años viviendo en el barrio y ahora no sabemos qué va a pasar con nosotros”, dice Agustí. La inmobiliaria que les arrienda el piso quiere que se vayan cuanto antes. Por un problema burocrático, el empadronamiento de su suegra, tuvieron que dejar el primer piso donde vivían y trasladarse “a otro pisito en el mismo edificio”. Ahí pagan 220 euros. Ahora se ven aboca- dos a dejar también el segundo piso: “La inmobiliaria nos dijo que habían enviado un burofax para comunicarnos que teníamos que cambiar el nombre del contrato, pero aquí no llegó ningún papel”.

Agustí asegura que no es cuestión de dinero, que está dispuesto a pagar más: “Nos apoyan los vecinos para conseguir más dinero para el alquiler, pero la inmobiliaria nos devuelve la mensualidad”. No quiere dejar el barrio donde vivió sus mejores años. Aún recuerda cuando, siendo un chaval, llegó de la mano de Esperanza. “Yo vivía en el barrio de Gràcia, donde era panadero. Conocí a mi mujer en el baile. Era muy seria, pero la conquisté. Me dijo que me viniera a trabajar a la pescadería. Así llegué. Ahora, a los 85 años, no quiero irme”.

Las presiones contra inquilinos detectadas en la Barceloneta han llevado a Emilia Llorca, presidente de la Asociación de Vecinos de l’Ostia, a ofrecer asesoramiento a los que se ven desprotegidos. “El Ayuntamiento pretende dignificar nuestras viviendas, pero creo que es cada uno quien hace digna su casa cada día –dice Emilia–. Yo quiero que mi barrio sea digno, pero no a costa de tener que echar a los vecinos”. Lo corrobora Fidenciano Yudego, de 48 años. Lleva sólo cinco en el barrio, suficientes para enamorarse de la Barceloneta. Ha creado una oficina de información para casos de mobbing, ya que según él la Administración no hace nada. “La Barceloneta es un regalo que nos hizo el mar y ahora nos toca defenderlo –dice–. Si realmente quieren arreglar el barrio, hay otras maneras, sin echar a la gente”.

A sus 77 años, Luisa Serrano, o la Wiki, como todo el mundo la conoce en el barrio, no entiende por qué después de tres lustros a ella y a su marido los quieren echar de su casa. “Mi familia vino en 1800 de Granada y siempre hemos vivido aquí. He trabajado en todo lo que he podido, recogiendo higos, fregando…, hasta de comadrona. De pequeña iba con mi madre a asistir a parturientas. He visto crecer a este barrio. Por eso no me imagino viviendo en otro lugar”. Luisa paga un alquiler mensual de 284 euros. Su contrato expira en 2009. El casero ha decidido no renovarlo para poder rehabilitar la finca y hacer apartamentos turísticos. Éstas son las últimas navidades que la Wiki pasará en su casa. “Por las noches no puedo dormir pensando dónde meteremos todas nuestras cosillas”, se lamenta.

Un día, el casero se presentó en casa de Luisa para explicarles cómo serán los nuevos apartamentos; un buen negocio en la nueva Barceloneta, que ahora intentan orientar al turismo, aunque no siempre fue así: “Antes no estaba bien visto ser de aquí –recuerda la Wiki–. Pero para nosotros vivir en la Barceloneta es un sentimiento”.

Interviu
05-01-08

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