Montjuïc en obras

abril 30, 2007

Eugeni Madueño
Periodista
SSIER
Montjuïc está patas arriba. En la montaña hay en marcha una docena de obras de gran impacto urbanístico. Se reforma -sólo 14 años después de renovarla- la fachada del Estadi; siguen incipientes las obras el Museu de l’Esport -aunque el cartel de la puerta dice que se acabarán este mes-; se construyen el Camí dels Cims, dos aparcamientos, el hotel Miramar, cuyo entorno privatiza un espacio hasta ahora público… Según el Ayuntamiento, estas obras se hacen para acercar la montaña de Montjuïc a la ciudad. Pero algunos sospechan que es al revés. Cada vez se hace más ciudad y se recorta más montaña.

Así que los planes municipales en marcha para conseguir que “barcelonins i barcelonines” continúen viendo Montjuïc “com a parc central de la ciutat” no acaban de convencer ni a los ecologistas ni a vecinos de los barrios limítrofes, que han dado la voz de alarma sobre “el preocupante descenso del número de ejemplares de cernícalos en el acantilado del Morrot” y la proliferación de obras en la montaña. Un paseo matinal -y soleado- con la pianista Ana Menéndez, presidenta de la asociación de vecinos de la Satalia -un barrio situado entre la montaña y el Poble Sec-; Eduard Durany, el biólogo que propuso y logró reintroducir el halcón peregrino en Barcelona, y el ambientólogo Sergi Garcia, me permite objetivar esos temores. Accedemos a la montaña por lo que fue Can Tunis, el barrio adosado al cementerio que ejerció durante años de supermercado de la droga del que ya no queda vestigio alguno. Tampoco de la escuela Xavó-Xaví.

Cruzamos la vía del tren que comunica el puerto con el mundo y alcanzamos la base del acantilado del Morrot tras superar la entrada a la vieja fábrica de los Rivière, un nombre que yo no logro disociar del periodismo progre. Eduard Durany aparca su coche en una explanada sembrada de montoncitos de escombros que los camiones trasladan desde las obras del faro, y en seguida monta el telescopio que nos permite ver en vivo y en directo una de las tres familias de halcones peregrinos que viven en Barcelona –las otras dos parejas tienen sus nidos en la Sagrada Família y en la torre Macosa de Poblenou.

Eduard se siente tutor de unas rapaces que ponen en jaque la proliferación de palomas y gaviotas en la ciudad, y que pudieron retornar al espacio urbano gracias a la complicidad del entonces concejal verde Pep Puig. Ese mismo año (1999) se produjo otro hecho destacable, el descubrimiento por parte de Eduard Durany y del ambientólogo Sergi García de una veintena de parejas de cernícalos (Falco tinnunculus) que anidaban en las oquedades del acantilado del Morrot. Es a sus pies donde nos hallamos ahora, conmocionados al ver como vuelan sobre nuestras cabezas, describiendo círculos amenazadores y cayendo en picado sobre un aligot -una rapaz de mediano tamaño depredadora de ratones-que prefiere retirarse antes que plantar batalla para seguir hibernando en estos riscos llenos de alimentos que protegen de los aires del norte a los cruceros de lujo que atracan en nuestro puerto. La existencia de una colonia de cernícalos en el Morrot fue recibida por el Ayuntamiento con alborozo. Hoy mismo el alcalde Hereu se felicita de tener en Barcelona la segunda colonia más importante de Europa de estas aves. Una colonia que desde el 2005, cuando se llevó a cabo el desvío del Llobregat, no ha dejado de disminuir. “El alejamiento de los campos de cultivo, donde los cernícalos capturan ratones y musarañas, ha provocado la drástica reducción de parejas”, dice Sergi Garcia. De veinte a doce.“El tipo de gestión urbanística realizado en Montjuïc tampoco ayuda al mantenimiento de estas colonias de aves”, insiste.

El sueño europeísta
De la gestión urbanística se queja Ana Menéndez, la presidenta de la asociación de vecinos de la Satalia, quien sueña ilusamente con una Barcelona que haga de Montjuïc el Tiergarten berlinés, el Bois de Boulogne parisiense o el Central Park neoyorquino. Promotora del Centre d’Estudis de Montjuïc, agrupación de profesionales que comparte idéntico sueño urbanístico-europeísta, Ana desconoce la capacidad autodestructiva de la gasiveria catalana. Pensaba que éste era un país culturalmente nordeuropeo y ahora se horroriza al constatar que lo que delimita nuestra ambición urbana es el ladrillo y el cemento. “No entiendo -dice- que un depósito tan necesario y útil como el que recoge las aguas freáticas que se bombean desde el subsuelo del Liceu, y que han de servir para regar la montaña, se construya afectando la muralla del castillo”. Lo del depósito -un inhóspito cubo de cemento encastado en el paisaje- es una más entre la docena de actuaciones urbanísticas que se llevan a cabo en la montaña.

Carrer 101
març- abril de 2007

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