La masía del Carmel, en ruinas

gener 31, 2006

JOSEP M. HUERTAS CLAVERIA – 31/01/2006

Delante mismo del pasaje Calafell, epicentro del drama del Carmel, se abre otro pasaje más estrecho, casi una ranura entre los edificios de la calle de Bernat Bransí. Al fondo se alza, por poco tiempo, la masía de Can Grau, que la gente del lugar conoce mejor como el Rancho Grande, porque en sus últimos tiempos de decadencia ha vivido allí una multitud de gente en espera de que un día los desahuciasen.

La masía está ahora tapiada, incluida la capilla que se adivina a la izquierda. Unos timbres electrónicos delatan la existencia de vecinos hasta hace poco tiempo. La masía será derribada y, seguramente, en su lugar se construirán más pisos, como se hizo en las casi once hectáreas que en un pasado remoto acogían viña y árboles frutales.

La gente del Carmel sabe poco de la historia de Can Grau. Incluso se sorprenden de que haya habido quien escribiese sobre lo que ven, con razón, como un caserón desvencijado. El primero en hacerlo fue Francisco de Zamora, que en 1789 inventarió todo lo que vio en Barcelona y sus alrededores. Era entonces Can Grau propiedad de Antonio Moreno, un asesor de la intendencia de Catalunya. Explicaba Zamora: “Tiene una hermosa huerta con agua bastante y casi medio cuarto de hora de desierto hermoseado con diferentes árboles emparrados”. Pocos años después, el barón de Maldà, en su Calaix de Sastre, prefería hablar de “la gran cascada d´aigua que rajava”, así como de dos glorietas que adornaban la finca, la del Paradís y la de Glòria.

Cuando el Carmel empezó a ser habitado por pequeñas torres, a principios del siglo XX, la capilla de Can Grau sirvió como iglesia provisional, dedicada a Santa Teresa, el nombre que tienen actualmente el colegio desalojado en enero del año pasado y un pasaje que se encarama por la montaña.

Desideri Díez, el infatigable historiador de Horta, recuerda que Can Grau era muy conocida en los años treinta porque se celebraban fiestas populares y también se organizaba la ayuda a la gente más necesitada en un barrio que empezaba a crecer. Pero fue hacia esa época que las tierras se vendieron y la casa empezó a quedar empotrada entre nuevos bloques de viviendas.

Luego vino la degradación. La masía fue fragmentada en apartamentos en la época de mayor crecimiento del barrio, cuando el anarcourbanismo era la ley.

Nada puede salvar a Can Grau, porque está en ruinas, pero quizás, ahora que se buscan nombres para la plaza que nacerá donde se produjo el hundimiento de enero del 2005, pudiese ser una sugerencia, o al menos incluir un pilón o cualquier otra marca que enseñase a los carmelitanos que los barrios, por jóvenes y humildes que sean, tienen su historia.

Y la de Can Grau, la masía del Carmel, se hunde en la noche de los tiempos, porque antes de llamarse así fue Can Busquets, y aún tuvo otros dueños (el citado Antonio Moreno, Frederic Desplau, Josep Amat, Joan Ferrer), y fue conocida también como la Torre Roja.

De las viñas y de los árboles frutales, como de las glorietas y de la cascada, quedan los libros citados. Pero de Can Grau podría quedar algo más para que el recuerdo no se difumine.

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