BALTASAR PORCEL - 27/03/2006
¿Esperanzas cívicas? Pocas, pero las hay. Una: ahora Dionisio Mestre, propietario de un restaurante y cafetería de Gràcia, El Portet, ha sido condenado a cuatro años de prisión y a una multa de 32.000 euros -a repartir entre los vecinos- y a cerrar el local durante tres años, por molestar a los que habitaban a su alrededor con los ruidos que se le ocurrieron, y que pudieron ser muchos, desde las radios y televisiones hasta la pura juerga del personal, pasando por los aparatos de aire acondicionado y la danza de cacerolas o portazos. Lo gordo del caso, además, y que la sentencia remarca, es que el Ayuntamiento barcelonés representado en el distrito hizo caso omiso de las denuncias formuladas, del problema existente, como tan a menudo ocurre. Aunque el tal Mestre, al parecer, recurre su condena al Supremo. Veremos en qué para todo.
¿Y serán pagadas las multas de 3.000 euros puestas a una serie de vándalos que la noche del botellón atacaron el Raval? Puede. O no. La especialidad del Ayuntamiento son las multas de tráfico y mejor de aparcamiento, los recibos de cualquier impuesto y que van por el banco, o sea, cobrar cuanto pueda sin trabajar. Los ruidos campan a sus anchas por la ciudad, como lo hacen los gamberros, los desaprensivos, los ladrones, los cagones. Entre quienes se saltan la ley y sus normativas figura de entrada el Consistorio con su absentismo. La fama de Barcelona es también ésta. Tiene pelendengues. Y la citada noche aciaga, ¿por qué los flamantes Mossos no estuvieron allí mucho antes? A menudo se tiene la impresión de que la autoridad atosiga especialmente a los ciudadanos medios, acaso descuidados pero temerosos, mientras los desastrosos y desastrados se mueven animadísimos. ¿No contempla el Ayuntamiento, su guardia, los carteles de protesta contra los ruidos del vecindario de Ciutat Vella, ignora su normativa al efecto?
Todo esto, además, no constituyen incidentes aislados, como nos repite la autoridad incompetente, sino situaciones. Resultan archiconocidas las ciudades que han sufrido terribles procesos de deterioro, desde Nueva York hasta México. La vida contemporánea gravita sobre la ciudad, por tanto se vuelcan en ella todos sus problemas, y tan terrible puede resultar vivir en el extrarradio entre autopistas y soledades como sufrir las explosivas presiones urbanas. Si el Harlem neoyorquino es hoy una anodina barriada de anchas calles -paseé por allí hace poco- es porque los programas sociales y la policía la peinaron a fondo, no porque el municipio sermonee sobre la armonía universal. Y atención: Barcelona como problema o complejidad aumenta literalmente de día en día.
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