(La Vanguardia FRANCESC PEIRÓN – 31/12/2005)
BALANCE DEL 2005
El hundimiento del túnel del metro en el Carmel y las denuncias por la falta de higiene, y el menguante respeto a las normas de convivencia, han removido a lo largo del 2005 los cimientos de una ciudad que vivía instalada en la autocomplacencia y el ensimismamiento. Si las quejas por el incivismo han concluido con una nueva ordenanza, cuya vigencia se prevé para los próximos días, el Carmel marca un antes y un después en la consideración – negativa- de la obra pública y en cuanto a su control y medidas de seguridad, así como una cada vez más manifiesta desconfianza hacia los políticos. ¿Alguien ha olvidado la polémica del 3% que surgió tras el accidente?
“Nos dijeron que volveríamos a los pocos días”. Es una de las frases más repetidas por los 1.276 vecinos desalojados después de la caída de la denominada cola de maniobras. Los días se convirtieron en meses, puesto que los primeros en regresar lo hicieron a partir de finales de mayo. Y, todavía hoy, permanecen 249 personas en el exilio forzoso -59 en hoteles y 190 en casas de familiares o en pisos de alquiler- por culpa de una negligente actuación de la Administración, en concreto del Govern de la Generalitat, que se ha esforzado al máximo para compensar lo que no tiene precio, la subjetiva sensación de estar tranquilo en el propio hogar.
El cráter que emergió el 27 de enero -tras el aviso de dos días antes y que tuvo una pequeña réplica a la semana del hundimiento- fue el contrapunto a la Barcelona de escaparate, del fallido Fòrum, del diseño, de la arquitectura de autor o de la gastronomía de culto. El socavón de 35 metros de profundidad se tragó dos edificios y obligó a derribar otros tres porque salieron sentenciados. Un total de 91 personas se quedaron sin domicilio. La mayoría ha sido reubicada fuera del barrio. Hay, además, 85 vecinos que han optado por no volver, pese a las tareas de recimentación y micropilotaje de los edificios y de que les han asegurado que sus pisos “quedarán mejor de lo que estaban”. Han preferido la permuta que les ha ofrecido el Ejecutivo autonómico. El miedo es más fuerte que las garantías que les pueda aportar la profunda rehabilitación.
Un alto cargo del Govern habla de un “sabor agridulce” al valorar cómo se ha resuelto esta crisis. “La desgracia que provocamos no tiene nombre. Es de una dimensión descomunal, pero hemos hecho una gestión bastante buena, con dedicación, con recursos. El resultado es el mejor posible y no sería mejor si hubiésemos puesto un 40% más. Sin embargo, mucha gente está enfadada y es inevitable, porque tienen la sensación de que les ha tocado a ellos sin razón alguna”. La política de compensación, matiza, ha fluctuado entre dar un trato correcto a los perjudicados y, a su vez, no sublevar al resto de los barceloneses. “No hemos querido tapar la mala conciencia con dinero, sino que la intención ha sido la de salvar el patrimonio de los afectados”.
Estos esfuerzos no han logrado frenar la onda expansiva del suceso. El hundimiento sembró dudas, todavía no diluidas, sobre las garantías que se dan a la hora de desarrollar las grandes infraestructuras. Las dudas crecieron todavía más al fracasar el primer intento de regreso cuando apareció el segundo socavón. Antes del Carmel, los vecinos del Clot pedían que el túnel de la alta velocidad fuera a más profundidad para evitar las vibraciones. Después del Carmel, el Eixample se llenó de pancartas solicitando que se cambiara el trazado y que el tren veloz se quitará del medio de la ciudad para desplazar su recorrido por el litoral.
El Govern paró algunas obras y sometió a auditoria la línea 9. Una de las tuneladoras que trabaja en este tajo está parada en Sant Andreu al detectarse, gracias a las explicaciones de los vecinos – también es una novedad que se les escuche- que un edificio tenía unos cimientos más profundos de lo previsto. Ahora se estudia cómo se desvía el trazado para esquivarlo.
La comisión parlamentaria que se creó para investigar las causas del accidente no calmó los ánimos. Al contrario. Las numerosas comparecencias dejaron bien a las claras que el túnel se cayó por un cúmulo de circunstancias, entre las que predominaba la falta de control con la que se estaba construyendo. Así, uno de los laterales, precisamente el que se fracturó, estuvo días 90 sin vigilancia de posibles movimientos al perderse el clavo que debía medir esos movimientos. La documentación mostró cómo se escatimaba el hormigón o cómo se hacían intervenciones sin que la dirección de la obra las hubiese autorizado.