Deterioro en el parque de la Vall d’Hebron

desembre 31, 2005

Trece años después de la inauguración de un parque que se consideró modélico, la falta de cuidados ha provocado su degradación.

M. EUGENIA IBÁÑEZ
El parque del Vall d’Hebron continúa su lenta y, al parecer, imparable alteración del modelo inicial. Esa peculiar e interesante mezcla de espacio libre, plazoletas a distinto nivel, viales y zona verde de 8,22 hectáreas de superfície, situada entre la Ronda de Dalt, los accesos al túnel de la Rovira y el barrio del Carmel, fue urbanizada para acoger diversas instalaciones deportivas de los Juegos Olímpicos de 1992 y fue considerado en su día un proyecto modélico y rompedor que firmó el arquitecto Eduard Bru. Trece años después, la desidia municipal y la cicatería inversora han modificado el diseño inicial que tantos elogios atrajo. La última alteración ha acabado con las grandes losetas de goma que pavimentaban el recoleto pasaje bautizado hace poco como de Isadora Duncan, que separa el pabellón olímpico del Vall d‘Hebron de las instalaciones de tenis. Este callejón, de poco más de 200 metros de longitud, ofrece un cúmulo de elementos singulares difíciles de encontrar en otro punto de la ciudad: una escultura de Susana Solano en uno de sus extremos, grandes magnolios, sillas metálicas de escasa comodidad pero de diseño único –hay también bancos de madera-,una de las fuentes que patrocinó en el 92 Aguas de Barcelona y un pavimento de goma que, hasta ahora, completaba un ambiente silencioso, insólito a escasos metros de la ruidosa Ronda de Dalt.

En 1992,Eduard Bru, al acabar la urbanización del parque, entregó al Ayuntamiento de Barcelona un manual de conservación del mismo que, por lo que se ve, nadie se ha molestado en seguir. Con el paso del tiempo, no mucho, las losetas que se despegaban no se reponían y al ayuntamiento le resultó más fácil, cómodo y barato optar por los pegotes de cemento que no exigen reparación. O sea, deterioro buscado y potenciado por los propios servicios municipales. La opción final, previsible desde hace años, ha sido la que ahora se ha aplicado: una pequeña excavadora ha arrancado las losetas de goma que quedaban para ser sustituidas por cementón puro y duro. El cacareado diseño barcelonés, a hacer puñetas. Total, por el Vall d’Hebron pasa poca gente.

Pero hay más: la fuente de Aguas de Barcelona no funciona y tiene más de un parche de cemento -¡qué afición por el cemento!-; la explanada que cubre las instalaciones del Club de Tenis, a escasos 25 metros del pasaje de Isadora Duncan, junto al lateral de la ronda, ha perdido los maceteros de aluminio con palmeras -¿dónde están los maceteros?-, los bancos han desaparecido, sólo quedan dos, y las luces con forma de hongos a ras de suelo son ya un recuerdo en el tiempo.

Las instalaciones públicas del Vall d’Hebron no se cuidan, se dejan degradar, pero los edificios privados crecen que es una maravilla: una residencia de ancianos, el Centre Collserola, de la Agrupació Mútua; otra residencia del mismo tipo de una entidad bancaria navarra junto al Meiland y un tanatorio al otro lado de la ronda. Queda más suelo público que, por supuesto, no será para la biblioteca de la que el barrio carece, ni para un centro cívico mil veces prometido.

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